La otra música y yo… (Lieven, parte 1)

Llevaba 3 meses en Barcelona. Había huido de los cielos grises de Bélgica sin mirar atrás, sin hacerme muchas preguntas. Al no hablar español ni mucho menos catalán el mercado laboral se presentó como una jungla sin piedad. Después de un par de semanas encontré trabajo en una perfumería en la Plaza Cataluña. “La más grande de Europa” decía el director orgullosamente. Lo cuál hubiera estado bien, si mi trabajo no consistiese en limpiarla entera cada mañana antes de abrir. Cada mañana cuando sonaba el despertador a las 4 y media de la mañana, moría una pequeña parte de mi. Sabía qué me esperaba: un camino eterno por el centro de una ciudad extraña llena de jóvenes todavía en pleno jolgorio. Las miles de botellitas y jaboncitos por limpiar. La peste de los baños sucios. La cruel soledad del que no sabe hablar el idioma de los que le rodean. Y ese viejo despertador, ese pitido infernal. Si algo me salvó de volverme loco en esos meses de invierno (aparte del recién descubierto tabaco, Nobel, tan barato que salía más a cuenta fumarlo que no fumarlo), fue una pequeña rutina que desarrollé después de apagar el pitido del despertador. Todavía en la cama, cogía el mando a distancia de mi cadena de música, iba al número 9 del CD puesto, y escuchaba. 3 minutos de paz, nada más. No hay duda de que “Angeles” de Elliott Smith me salvó.
Unos meses más tarde vino a Barcelona a presentar Either/Or en directo. Me fui al la sala Garatge horas antes del bolo, básicamente porque no tenía nada mejor que hacer. Lo vi descargar la vieja furgoneta. Parecía tan cansado como yo. Cansado de levantarse pronto. Cansado de la carretera. Cansado de tocar delante de 25 personas en antros de mala muerte (bueno, quizás éramos 30, contando los camareros). Cansado de todo. Quizás por eso el concierto no fue maravilloso. Pero cuando llegó el turno a “Angeles” me hizo llorar. Por mi. Por él. Por los botes de perfume, los pitidos y todos los ángeles que nunca fueron.